EDICION: # 15


Las sirenas del mar

No. 15

Creí saber todo lo que mar podía brindar; esa paz interna, satisfacción que el hombre sólo puede encontrar en la fe y la pasión que siente el alma por dentro. Es difícil superar esa satisfacción que nos brindan las olas, me imagino que muchos hemos tratado de buscarla en otros aspectos de la vida, y no encuentro sustituto, no existe otra cosa mejor que una ola. ¿Excepto otra ola? Sí, pero no una normal, me refiero a una ola grande, por lo menos de doce pies.

En los carnavales volví a ser surfo por primera vez, volví a nacer en el deporte después de más de catorce años practicándolo. Por primera vez, me deslicé por olas que eran tan grandes que semejaban edificios acostados, rodando en forma de agua, pero reventaban como si el agua fuera cemento. ¡OLAS GRANDES! Sin chistes eran bien grandes.

El día era soleado y el viento del norte predominaba. Todo estaba perfecto y las masas gigantes no paraban de entrar en izquierdas que algunas alcanzaban hasta más de 15 pies de cara. No se veía tan grande desde la playa y con gran determinación me estiré y analicé los sets de olas que entraban. Me puse mi leash y entré al agua con mi primer gun, un 7'11" que Chano me moldeó, especial para las olas grandes del pacífico panameño. Mi cuerpo temblaba de la emoción, mientras remaba por el canal de entrada de Punta Brava, mientras remaba las masas que pasaban en el agua profunda eran enormes y me preguntaba si estaba listo para volver a nacer.

El miedo era constante, siempre mi compañero y sin saberlo se convertiría en mi mejor aliado. Las izquierdas eran perfectas y al llegar al punto exacto para agarrarla no lo pensé dos veces y me fui en la primera, era tan grande que la bajada se sintió como si te fueras a lanzar en el abismo de tu destino, era un sentimiento que se extendía por segundos, era una bajada a lo inesperado y el miedo al lado. Después de esa primera ola sentí que surf en mi vida había llegado al nivel máximo. Para mí fue el más grande de los honores, fue un día de perfección y grandeza. Recordaba todas las veces que me había soñado esta oportunidad, era tal el cargo de conciencia que nunca me podría perdonar que el miedo me vencería, no importaban las consecuencias, yo iba a conquistar el reto más grande que me había puesto el mar.

Han pasado tres meses desde aquel día y la satisfacción aún está presente en mi vida cotidiana, mientras más grande es ola más inolvidable se convierte y crea una cicatriz en tu memoria incomparable a las que aquellas olillas del día a día te puedan dejar. No se te olvide que estas condiciones requieren experiencia y conocimiento nato del mar. Esto sólo se puede lograr con años de experiencia, ya que el mar no espera ni perdona a nadie. Él sigue presentando su espectáculo aunque sea el último para ti.

Prepárate con una tabla especial para las condiciones grandes, por lo menos unos siete pies de largo y con una buena flotabilidad, proporcional a tu peso. En estas condiciones el reme y la estabilidad son prioridades que pueden significar la diferencia entre la gloria y el desastre. Mentalízate bien, ya que puedes tener la mejor tabla del mundo, pero si tu determinación es nula y el miedo te consume por completo. Solamente tú conocer tus límites y nadie te obligará a excederlos.

La recompensa es inmensa y las olas grandes siempre serán para mí la graduación del surf. La máxima expresión y el mayor respeto entre tus compañeros nacerá de tu desempeño, domando estas grandes masa de agua que el mar nos manda como bestias a las que tenemos que enfrentar con sólo una tabla y ganas de triunfar sobre aquel presente incontrolable e inexplicable, que uno enfrente en los segundos críticos del bajón a la merced de la madre mar.

Después de aquella primera deslizada hace tantos años atrás, nunca pensé que mi espíritu volviera a sentirse como aquel día y catorce años después estoy volviendo a nacer en el deporte, empezando una nueva ase y venciendo aquel miedo de lo inesperado. Busca esa ola grande, enfréntala y véncela, verás que la recompensa es una que durará para el resto de tu vida en un pedestal en tu memoria.

Y yo que creí saberlo todo.

Por: Juan Muñoz





 



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